FRAGMENTO DEL CAPITULO NUMERO DOS DE LA NUEVA NOVELA. DEMO SUJETO A CAMBIOS GRAMATICALES, NO A CAMBIOS DE ARGUMENTO.
Mindy como siempre
vestía impecable. Unos jeans ajustados pegados al cuerpo que resaltaban sus
caderas y muslos, botas de cuero, una camisa de seda blanca con flecos, sus
muñecas lucían pulseras de plata y un anillo dorado que supuse sería de oro, su
cuello estaba abrigado con una chalina rosa, su cabello castañeo claro era
recogido con un broche con brillantes pegados y unas gafas oscuras a modo de
vincha completaban su vestimenta.
-
Salí
desabrigada, hace un frío – le confesó a la empleada.
Miró la hora en su
celular y dijo que llegaba tarde al trabajo. Cuando se volteó para tomar el
rumbo hacia la calle se topó conmigo, se acababa de colocar las gafas pero al
verme se las quitó, como si pensara que saludar a alguien con gafas puestas
fuese mala educación. Me saludó con alegría, con un ¨hola, ¿cómo estás tanto
tiempo?¨, le dije que bien y respondió que bueno, mejor así. Se colocó las
gafas y desde la vereda dijo un ¨nos estamos viendo¨.
Me fue imposible no
bajar la vista hasta sus piernas, y fue allí, al apreciar la belleza de su
cuerpo, que se me vino a la mente la noche del último viernes, cuando la oí
intimar con su pareja de turno, y la tentación de imaginarla desnuda y en
acción fue enorme y se habría convertido en fantasía de no ser por la chica de
la verdulería que me interrumpió.
-
Hacele un
cuadro – bromeó al ver que yo no quitaba los ojos de encima de Mindy.
-
Uno como
pintor tiene que observar con cuidadoso detalle todos los aspectos de la obra –
dije fingiendo una inteligencia que no poseo – Desde la forma de caminar hasta
las arrugas que se generan en la tela de la ropa.
La chica se rió y me
dijo que era un charlatán.
-
Sos un
charlatán.
-
Es verdad,
pero la gente no se dio cuenta todavía, por eso sigue comprando mis cuadros.
Regresé a mi casa
pensando qué tipo de cruz podía pintarle en el cuello a Olga, si la hacía demasiado
grande ella diría que le quitaba protagonismo a su rostro, pero si era muy
pequeña diría lo contrario, que le habría gustado la cruz más grande, una cruz
mediana pasaría sin pena ni gloria. Finalmente ganaron las palabras de su
marido, ¨no le des bola a esta¨, le pintaría una cruz mediana artesanal, con
firuletes en las extremidades. Al llegar a la esquina volví a cruzarme con
Mindy, ella caminaba deprisa, dijo nuevamente que llegaba tarde al trabajo, en
sus manos ya no llevaba las bolsas de la verdulería sino unas carpetas.
-
¿Siempre
pintás vos? – me preguntó sin mirarme mientras se subía en su auto, arrojaba
las carpetas en el asiento del acompañante y calzaba su gafas oscuras.
Fue de esas preguntas
insignificantes entre vecinos. La gente no tolera el silencio y debe llenarlo
con algo. Para el caso daba lo mismo consultarme si continuaba pintando o si
estaba de acuerdo con la reforma del código civil. Su frase ¨ ¿siempre pintás
vos?¨ bien pudo haber sido reemplazada por ¨que frío que hace¨, frases de compromiso,
dichas simplemente para aparentar una educación o una vida social que no
tenemos. Se sentó detrás del volante y vi que se había puesto una campera
marrón, era de cuero, los botones iban abrochados menos los últimos tres, sus
abultados pechos impedían que todos los botones pudieran prenderse con
normalidad. El auto se puso en marcha al segundo intento. Saludó con su mano
para despedirse y a los pocos metros tocó bocina.
-
Si – dije
en voz alta – Siempre pinto yo.
La hija del vecino de
la otra cuadra, una niña de edad de jardín de infantes estaba a pocos metros de
mí, montando su pequeña bicicleta aun con las rueditas a los costados. Me
observaba y miraba a sus alrededores, como preguntándose con quien hablaba yo.
Nos miramos fijo unos segundos. Los nenes, por temor, vergüenza o simplemente
por desafiar, nunca bajan la mirada, me miraba con sus cachetes regordetes y
sucios, como asustada.
-
¿Qué? – le
dije.
La niña dio media
vuelta y se fue pedaleando a toda velocidad por la vereda hasta doblar la
esquina y perderse. Me imaginé que llegaría a su casa y le diría a sus padres
que el señor que pinta cuadros estaba hablando solo en la vereda, y ellos le
dirían que yo era un loco y que mejor no acercarse.
El auto de Mindy dobló
a toda velocidad, estacionó mal frente a su casa, ella bajó dejando la puerta
abierta, del estéreo sonaba en la radio el puesto número seis del ranking, una
balada pop de un grupo de España.
-
Me olvidé
el celular – me dijo para explicarme, esta vez no se quitó las gafas, se notaba
que su apuro era verdad – No sé donde tengo la cabeza.
Corrió hasta el
interior de su casa y en menos de un minuto ya estaba en el auto de nuevo.
-
Bueno,
ahora sí, chau – agregó.
Nunca supe cual era su
trabajo. En años pasados siempre se la veía salir de su casa con libros y
cuadernos, algo estaba estudiando, y por su forma de vestir daba para pensar en
algo profesional, abogada, doctora, psicóloga, nutricionista. Su auto era un modelo
nuevo, por lo tanto algo de dinero debía tener, no digo que sea millonaria,
quizás lo estaba pagando en cuotas, pero aun así era un auto caro.
-
Si, debe
ser abogada – pensé.
Me recosté para
descansar unos minutos antes de dedicarme a la cruz en cuestión. Al estar sobre
la cama se me vino a la mente como por arte de magia, como un recuerdo o más
que un recuerdo, como una necesidad inconsciente, Mindy y su novio en pleno
acto. El novio, por supuesto, no me importaba. Pero Mindy despertó en mí una
intriga en la que nunca me había fijado. Jamás hasta esa tarde la había
observado como mujer, es verdad que esa no fue la primera vez que le miraba las
piernas, cuando ella iba al secundario y vestía con un estilo gótico, con
polleras negras, tachas, inclusive su cabello fue teñido de un negro azulado
fuerte, tenía un novio con quien se besaba apasionadamente en la entrada de su
casa. Estaba claro que sus padres no le permitían hacerlo dentro, o a ella le
daba vergüenza, por lo tanto se besaban en la vereda. Ella lo abrazaba del
cuello, y el chico aprovechando su título de novio se permitía tocarle los
glúteos delante de todo el mundo, acción que ella permitía. Pero en ese momento
yo observaba la situación como lo que era, un romance entre dos adolescentes
cuyo amor no trascendería más allá del verano, cuando las cursadas terminen.
Ahora era otra cosa.
Ella ya era una mujer. La diferencia de edad no era tan notoria como antes, es
decir, la diferencia de edad era la misma, pero ya no tenía la misma
importancia. Yo con dieciocho años y ella con trece era motivo de cárcel. Ella
ya tenía los veinticinco, era una profesional independiente y yo un pobre tipo
que pintaba cuadros. Imposible, pensé. Me imaginé que debajo de toda la ropa
cara con que Mindy se vestía había una mujer desnuda que alguien tenía el
privilegio de tocar a su sano antojo, y que el sonido de las palabras que
habíamos intercambiado ese día era el mismo sonido con el que gemía. El timbre
de mi casa cortó, como la verdulera hacía unos minutos, lo que era el comienzo
de una fantasía.
Celeste y Sonia son
dos amigas de siempre. Con Celeste nos une una amistad desde la primer salita
del jardín, Sonia llegó más tarde a mi vida, en el último año del colegio
secundario, pero desde ese momento somos grandes amigos los tres. Sonia es la
encargada de organizar mis muestras de arte, inclusive de venderlas al
exterior, es mi representante por decirlo de alguna forma. Ella hace esculturas
y también le va muy bien. Además es una amiga con la que cada tanto podemos
permitirnos algún que otro roce cariñoso, motivo que llena de celos a Celeste,
o al menos finge celos cuando estoy a solas con ella vaya a saber por qué
motivo.
-
Claro,
como estás con la otra… - es su frase más utilizada.
Una noche para contra
restar esa escena de celos tuve la pésima idea de besarla. Ella lo permitió más
porque la tomé por sorpresa que por ganas de corresponder al beso. Se quedó
quieta, con los ojos abiertos, cuando la miré estaba seria, con una expresión
que nunca jamás había visto en ella.
-
¿Qué hacés?
– me dijo.
-
Si te
ponés celosa… - intenté defenderme.
-
¿Qué
mierda hacés?
Vi que la cosa venía
en serio y me avergoncé.
-
Perdón,
pensé que…
-
Sos un
pelotudo.
-
Si ya sé,
perdón.
-
Sos un
enfermo nene.
Se retiró sin
despedirse y estuvo varios meses sin hablarme. Sonia, claro está, se enteró de
la situación, ellas continuaron con su amistad como si nada. Lejos de
molestarse, a Sonia le dio mucha gracia.
-
¿Sos
boludo? – me dijo – Es tu amiga.
Con el tiempo se le
pasó y todo fue como antes. Celeste nunca supo que para la gente como yo la
palabra ¨enfermo¨ es un piropo. Tengo una máxima propia, extremista, que dice
¨si no es un enfermo no es artista¨. Se la dije a Sonia y estuvo de acuerdo.
Celeste es un poco más conservadora, preferí no comentar la frase frente a ella.
Esa tarde las dos
llegaron a mi casa para tomar el té, porque según ella los artistas con glamour
toman té. Celeste opinó que el boceto de la cruz era demasiado grande, me
consultó si el retrato lo había encargado una mujer o una cruz. Sonia, solo para
hacerme dudar, me dijo que la cruz era muy pequeña y simple.
-
Es
simplona – dijo – Vos dibujás mejor.
Esa noche me acosté
temprano, con la idea fija de trabajar todo el día siguiente, esa cruz me
estaba dando más trabajo que cualquier otra cosa. Sabía por experiencia que si
una obra se estancaba por mucho tiempo es una obra insalvable, y tampoco
pretendía que esa cruz fuese como los labios de Mona Lisa, para los cuales
Leonardo tardó, según dicen, diez años en terminar.
El viernes comenzó
temprano, seis de la mañana me encontré desayunando mientras oía una radio de
tangos con bastante interferencia. No eran ni las siete cuando me dediqué de
lleno a la cruz, y mientras el oleo se secaba lo suficiente como para trabajar
encima corregía pequeños detalles del fondo, que lo había pintado de rojo claro
mezclado con un azul cielo, tal cual me lo habían encargado, que no robe
protagonismo pero que sobresalga. Recién a las ocho de la noche paré unos
minutos para tomar agua, ir al baño, cosa que estaba aguantando desde hacía un
par de horas, comí unas barras de cereal y puse a llenar con agua tibia la
bañera con masajes, un pequeño lujo que pude darme luego de vender mi primer
cuadro en dólares, la bañera era una especie de jacuzzi que lanzaba agua por
unos tubos, el marketing y los vendedores hicieron el resto.
Me acosté a las diez
de la noche. Me desmayé semi desnudo boca abajo en la cama, el día siguiente
tenía pensado dormir hasta que mi cuerpo tenga ganas para después retomar la
actividad. Mis párpados ya estaban pesados cuando el sonido en la pared
comenzó. Pensé que era mi sugestión, o que estaba soñando producto de mi
inconsciente, de mis deseos más ocultos, era muy temprano para que alguien se
encontrara teniendo sexo, si es que existe una hora para eso. Comprobé que todo
era real cuando Mindy comenzó a suspirar y decir que le gustaba. Insulté al
arquitecto y su precario grupo de albañiles por haber hecho las paredes tan
finas. El ruido de un chasquido me despertó por completo, como si alguien del
otro lado de la pared le hubiese dado un cachetazo al otro. Los suspiros de
Mindy no tardaron en ser gemidos, y de ahí a los gritos fue solo una cuestión
de minutos. Yo mental y físicamente exhausto, solo me dediqué a tratar de
imaginarla en acción hasta que el sueño me venció.
MAS INFO EN El Fanzine de Vicky.
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