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viernes, 6 de marzo de 2015

Adiós en vida a Jack Nicholson

Jack Nicholson ya no recuerda quién es.

A los 77 años Jack Nicholson padece Alzheimer. El ganador de tres premios Oscar vive su vida confinado en una mansión. Atrás queda un pasado lleno de drogas, sexo y Rock and Roll. 


En el 2013 Michelle Obama le dio el paso para que le entregara el premio a Argo. En la fiesta coqueteó con Jennifer Lawrence y le alcanzó a decir alguna vulgaridad al oído a Scarlett Johanson. El viejo sátiro se veía bien. 

Los rumores empezaron a aparecer a finales de ese año. Decían que había renunciado a última hora a participar en una comedia porque era incapaz de aprenderse sus diálogos. Él, que se preció siempre de su memoria eidetica, un don que ni siquiera veinte porros diarios pudieron mermar, ahora padecía los síntomas del Alzheimer. 

La mala noticia se confirmó en noviembre: la razón de sus ausencias a los bacanales que asistía desde la década del ochenta y de su confinamiento en sus míticas mansiones de Mulholland Drive, se debía a que Jack ya ni siquiera podía recordar su nombre. 

En diciembre se le vio en una exposición de fotos de los Rolling Stones y aunque saludó con afecto a su amigo Mick Jagger, ya no pudo recordar las noches de cocaína y felaciones que disfrutaron juntos en Studio 54. Por momentos se le veía desorientado y aunque aún conservaba sus gafas oscuras y su sonrisa diabólica, se le notaban sobre los hombros el peso de sus 76 años. 

El camino hacia el éxito estuvo sembrado de escollos. Cuando tenía 20 años intentó ser guionista y aunque tenía talento para escribir, sus proyectos naufragaron irremediablemente. A los 25 protagonizó dos western que ya nadie recuerda y a los 28 logró cierto reconocimiento de la mano de su mentor, Roger Corman, en La tiendita del horror. Sería el papel del alcohólico abogado George Hanson en Easy ryder, el que le otorgaría la primera de sus doce nominaciones al Óscar. 


Su ascensión a la cima fue meteórica. Insuflado por el ambiente independentista que reinaba en el Hollywood de los setenta, se lanzó de lleno, junto a sus amigos Robert Town, Bob Rafelson y Roman Polanski, en defensa del cine de autor. La medicina que este cuarteto de rumberos a la hora de abordar sus proyectos, consistía en litros de Jack Daniels y una nube espesa de marihuana y cocaína. Por más dura que fuera la rumba, por más tarde que terminara de esnifar las carreteras de perico, Jack estaba de primero al otro día en el set, dispuesto a darlo todo en los papeles consagratorios que tuvo en Mi vida es mi vida, El último deber y Chinatown. El Óscar, ese enemigo deseado, vendría en 1975 por su inolvidable interpretación en Atrapado sin salida. 


Ícono de la contracultura, Nicholson emprendió en los años setenta una cruzada a favor de la droga. Como muchos de su generación estaba convencido que el LSD y la marihuana, eran las llaves que abrían las puertas de otros niveles de conciencia. Hizo del consumo desaforado de sus baretos un método para entrar en trance a la hora de encarnar sus personajes. Se prometió ayudar a forjar un Hollywood libre de los odiosos mercachifles que sólo buscaban el éxito de taquilla. Scorsese, Coppola y él estaban a punto de hacerlo hasta que George Lucas estrenó La guerra de las galaxias y el anhelo de un Hollywood tomado por los independientes terminaría para siempre. 

En los ochenta Jack, como tantos otros de su generación, se asimiló al sistema. Aunque seguía prendiendo porros en su mansión y su vecino, Marlon Brando, llamaba cada rato a la policía por las orgiásticas rumbas que hacía, Nicholson no volvió a alabar la droga en público. Su fama crecía a la par de su barriga y su calvicie. Se convirtió en todo un referente cultural a finales de los ochenta al haber encarnado al guasón. Las jovencitas soñaban pasar una noche con ese depravado experimentado y encantador. Sin embargo él no estaba disponible para todas, menos para aquellas ancianas mayores de 25 años. 


Así siguió en su rumba perpetua, cobrando millones de dólares por sus actuaciones, llevando a su guarida de lobo a la joven estrella del momento. Creíamos que era indestructible hasta que el Alzheimer lo consumió y nos privó de ver en la pantalla al loco más delirante y amado de todos los tiempos. 

Sin homenajes, ni fanfarrias, contrario a su vida fastuosa, Jack Nicholson se ha ido del cine. Ya nunca volveremos a ver su sonrisa demoniaca sobre una pantalla.

sábado, 21 de febrero de 2015

La madre descuidada

Una de las leyendas urbanas más espeluznantes que circulan desde hace años es la de una madre que accidentalmente acaba con la vida de sus tres hijos en el mismo día. Una leyenda no apta para corazones sensibles…
Natalia era una madre feliz, trataba a sus tres pequeños con gran ternura y comprensión aunque más de una vez la pudieran sacar de sus casillas. Los dos primeros de sus retoños vinieron casi seguidos 6 y 7 años y la tercera, una preciosa niñita de siete meses, que aunque inesperada, fue recibida con el mayor cariño y amor que una familia le puede entregar.
El único “pero” que le podía poner Natalia a su abundante familia era que su marido casi no pisaba su casa. Su aburrido trabajo como contable les daba una cómoda posición social pero le mantenía ocupado todo el día, e incluso cuando estaba en casa siempre estaba rodeado de papeles del trabajo. Por lo que Natalia tenía que ocuparse de sus hijos sin ninguna ayuda y en algunos momentos eso podía ser extenuante.
La noche anterior al fatídico día la más pequeñita de la casa había decidido celebrar un concierto nocturno y Natalia casi no pudo pegar ojo. Agotada y casi arrastrándose llegó a la cama a las cuatro de la mañana tras dejar a la niña en la cuna.
Cuando se empezó a quedar dormida escuchó el grito de su segundo hijo en la habitación contigua, de un salto se levantó y fue corriendo a la habitación que compartían sus dos hijos mayores y se encontró a Mario (el mediano en edad) visiblemente asustado y llorando sobre su cama. Parece que había tenido una pesadilla y del susto se había hecho pis encima, algo que por desgracia se había vuelto muy habitual desde que nació sus hermanita. El niño se había convertido en un príncipe destronado y su comportamiento dejaba mucho que desear y era capaz de cualquier cosa con tal de llamar la atención. Natalia agotada y sin pensarlo mucho, comenzó a regañar a Mario delante de su hermano Julián.
– ¡Como te vuelvas a hacer pis en la cama te voy a cortar el pipi!, ¡Ni siquiera tu hermanita me da tanto trabajo como tú!
El niño lloraba desconsoladamente mientras su madre cambiaba las sábanas y le daba la vuelta al colchón. Casi sin darse cuenta eran ya las cinco de la mañana y Natalia aún no había podido pegar ojo. El biberón de las seis de la mañana y preparar el desayuno a su marido e hijos hizo el resto. No pudo dormir en toda la noche.
Lo peor de todo es que los niños pasarían todo el día en casa, ya que estaban de puente. Una festividad que parece que no respetaban en la empresa de su marido, él cual fue a trabajar como cualquier otro día dejándola al cuidado de los pequeños durante todo el dia.
A media tarde y aprovechando que Mario, agotado por la noche anterior, se había quedado dormido en su habitación. Comenzó a bañar a la pequeña Clara. Era el momento ideal pues Mario estaba insufrible y si no le vigilaba a cada paso era capaz de incendiar la casa con tal de llamar la atención. Esa pequeña siesta le daría un respiro y la permitiría bañar al bebé un poco antes del horario habitual. Con un poco de suerte hoy podría mandarlos a dormir un poco antes y descansar.
Cuando ya sólo le quedaba lavar la cabecita a la pequeña Clara un grito desgarrador se escuchó en el pasillo. Era sin duda Mario que seguro que había vuelto a hacer otra de las suyas. Gritando y sin soltar a Clara preguntó:
– ¡¿Qué pasa?! ¡¿Mario estás bien?! ¡Julián! ¡¿Qué le pasa a tu hermano?!
Estaba a punto de envolver en una toalla a la bebé, que aún continuaba enjabonada en la bañera cuando Julián entró por la puerta y lo que vio la dejó sin habla.
– Mamá, Mario se ha vuelto a hacer pis en la cama así que le he cortado el pipi como dijiste.
El mayor de sus hijos tenía el pene ensangrentado de su hermano en una mano y unas tijeras manchadas de sangre en la otra.
Natalia pálida por lo que acababa de suceder se levantó de un salto olvidándose que estaba bañando a la pequeña y salió corriendo hacia Julián que, al ver la furia de su madre en los ojos, escapó a toda velocidad buscando un sitio para esconderse.
Aturdida, conmocionada y agotada por la noche en vela Natalia no sabía como actuar cuando llegó a la habitación de los niños y vio a Mario sobre la cama desangrándose. Tras abrazar fuertemente a Mario le cargó en brazos y bajó las escaleras camino al coche, su única opción era llevarle al hospital inmediatamente. Cada grito de dolor del niño bajaba en intensidad, la pérdida de sangre le estaba debilitando y sabía que tenía pocos minutos antes de que muriera desangrado.
Arrancó el coche y pegó un acelerón saliendo el vehículo impulsado como si diera un salto al pisar un fuerte bache y sonó una fuerte explosión. El salto pareció sacar a Natalia de su estado de shock y de repente recordó que la pequeña Clara seguía aún dentro de la bañera. En ese momento se dió cuenta de la mortal imprudencia que acababa de cometer y bajó del coche sin mirar atrás para buscar a su hija.
Por desgracia cuando llegó era demasiado tarde, la bebita de apenas siete meses no tenía la fuerza suficiente para aguantar tanto tiempo sentada sin perder el equilibrio y yacía inerte boca abajo en el agua. Los intentos de reanimar a la niña fueron inútiles y Natalia, gritando desesperada, bajó nuevamente las escaleras de su casa con su bebé en brazos camino del vehículo que la llevaría al hospital.
Pero aún le quedaba una última y macabra sorpresa, al acercarse al vehículo todo terreno que conducía, se dió cuenta de que había un brutal charco de sangre en el suelo, al principio pensó que sería la sangre de Mario, pero al acercarse pudo constatar que bajo el coche estaba el cuerpo inerte de Julián, que al parecer se había escondido bajo el todoterreno para evitar que su madre le pegase. Con tan mala fortuna que al arrancar ésta a toda velocidad una de las ruedas le aplastó el cráneo, reventándolo y desparramando sus sesos por todo el suelo y causando la terrible explosión que Natalia había escuchado un par de minutos antes.
Natalia cayó al sueño de rodillas, su cara no reflejaba ninguna expresión. Solamente se mantuvo en esa posición durante unos minutos hasta que sin mediar palabra se levantó, abrió la puerta de su coche y cargó nuevamente el cuerpo ya inerte de Mario junto al de su hermanita. Entró nuevamente en su casa.
Un minuto después bajó de nuevo, cargó el cadáver de Julián y volvió a entrar en la casa cerrando la puerta tras de si.
Por la noche, cuando el marido de Natalia llegó a su casa que estaba a quince minutos de la ciudad, se encontró el todoterreno con la puerta abierta y a medio camino del garaje, lo que le impedía aparcar su vehículo. Se acercó al coche de su mujer y se manchó el zapato con lo que parecía una viscosa mancha de aceite, cerró su puerta y se dirigió a casa en la que todas las luces estaban apagadas.
Al entrar gritó:
– ¡Natalia! ¿Dónde estáis? ¿Por qué tienes el coche en mitad del garaje?
Al dar la luz se dio cuenta de que había un reguero de sangre seca en el suelo que subía las escaleras y dirigía a la planta superior. Asustado corrió tanto como pudo para quedar totalmente impactado cuando al entrar en el baño.
Sus tres hijos flotaban sobre el cadáver de su madre que los había reunido en la bañera justo antes de cortarse las venas.
Causar la muerte de sus tres hijos fue mucho más de lo que pudo soportar.

viernes, 12 de diciembre de 2014

La Pulsera Negra

Según cuenta la leyenda en algunos hospitales de Estados Unidos utilizan unas pulseras de color negro para marcar la hora a la que falleció una persona y cual fue el motivo de su muerte. Si ves a alguien con una de estas pulseras podrías estar junto a un fantasma…


Thomas era un joven médico que trabajaba de interno en un frío hospital de Dakota del Norte. Su vocación y sus ganas de salvar vidas eran el único motivo por el que no caía rendido de cansancio en unas interminables guardias que podían prolongarse hasta 36 horas y que le dejaban exhausto.
Aquella noche había sido especialmente dura, el servicio de urgencias no tuvo ni un respiro y Thomas había tenido que encargarse por primera vez de una paciente sin el respaldo de otro doctor. Luchó por la vida de la chica, que no debía tener más de 22 años, durante más de dos horas, pero desde que llegó se había considerado un caso perdido y en el hospital decidieron priorizar a otros pacientes que tenían más posibilidades de sobrevivir. Los daños que había sufrido la joven en ese accidente de tráfico múltiple eran tan graves, que incluso si Thomas hubiese conseguido obrar un milagro y la chica hubiese sobrevivido, las secuelas hubiesen sido tan graves que probablemente habría quedado en estado vegetativo.
Los médicos más experimentados del hospital habían acudido en la ayuda de los otros accidentados y decidieron “bautizar” a Thomas con un caso imposible para que un primer “fracaso” le hiciera comprender lo dura que es su profesión y no empezara a creérselo demasiado. Además priorizando a otros de los heridos habían conseguido salvar la vida de tres personas, en lo que había sido el peor accidente de tráfico que habían registrado las carreteras de la región en meses.
Thomas era consciente de que la chica probablemente nunca tuvo posibilidades de sobrevivir, pero aún así se sentía destrozado por dentro y tuvo que tragar saliva para contenerse las ganas de llorar cuando le puso una pulsera negra a la fallecida. La pulsera negra era un protocolo de su hospital que servía para marcar a un difunto y señalar la hora y causas de su muerte. Normalmente eran las enfermeras quienes se encargaban de rellenar los datos y ponerle la pulsera antes de mandar a un cadáver a la morgue. Pero Thomas pensó que haciéndolo él, el recuerdo de su primer “fracaso” le serviría para aprender y avanzar en la que puede llegar a ser una de las profesiones más duras. Memorizó cada una de las facciones de la chica y la cubrió con una sábana para que uno de los celadores se la llevara en una camilla por un interminable pasillo que conducía al depósito de cadáveres.
Al finalizar su turno, Thomas parecía un zombi, su cara demacrada por el cansancio y el fuerte impacto emocional de perder a su primer paciente le habían dejado destrozado. No era la primera vez que alguien se moría en una mesa de operaciones frente a él, pero esta era la primera vez que él era el doctor al mando y el “único responsable”. En su mente repasaba todos y cada uno de sus movimientos y trataba de buscar cual fue su error o si había algo más que pudiera haber hecho. Pero incluso él mismo, sabía que su proceder había sido impecable y que cuando a alguien le llega la hora es imposible luchar contra el destino.
Cabizbajo y caminando casi dormido entró en el ascensor. Se dirigía a la séptima planta donde tenía su ropa, lo único que quería era cambiarse e irse a dormir a la residencia que estaba a pocas calles del edificio del hospital. Eran las cuatro de la mañana y el hospital parecía vacío, tan absorto estaba en sus pensamientos que casi ni se dio cuenta de que había alguien dentro del ascensor cuando entró. Una mujer le saludó:
-Uff y yo que creía que tenía mala cara, ¿chico pero que te ha pasado?
Thomas se giró y vio a una mujer de unos cuarenta años que le sonreía, estaba casi tan pálida como él y aunque no tenía muchas ganas de conversar la contestó.
-Hoy ha sido un día muy duro, no se ni como estoy todavía de pie. Además he perdido a mi primer paciente – le dijo mientras ponía un gesto que denotaba que estaba a punto de echarse a llorar.
-Pues por la cara que pones estoy seguro que has hecho todo lo que podías, no seas tan duro contigo mismo.
-Muchas gracias, probablemente mañana pueda verlo de otra forma – dijo Thomas mientras se giraba a ver porque se había abierto la puerta del ascensor en una planta que ninguno de los dos había marcado.
Al mirar fuera vio la silueta de una joven en mitad del pasillo, al terminar de abrirse la puerta del ascensor comenzó a girarse lentamente hacia ellos. Thomas al ver la cara de la chica dio un salto hacia atrás y pegó la espalda a la pared del ascensor mientras señalaba a la chica que había fuera y trataba de decir algo sin conseguir articular palabra. De repente pareció recuperar el control de su cuerpo y se abalanzó hacia el panel del ascensor presionando repetidamente el botón que cerraba las puertas. La mujer que había en el interior del ascensor se quedó mirándole perpleja cuando la puerta se cerró cuando faltaba menos de un metro para que la joven que había fuera entrara en el ascensor.
-E… e… esa chica – dijo tartamudeando del susto – yo mismo la vi morir, no pude hacer nada para salvarla y le puse esa pulsera negra.
La mujer que se había mantenido pegada a la pared sonrió y mientras levantaba el brazo le preguntó:
- ¿Una pulsera cómo esta?
Thomas se giró a mirarla y vió como en su muñeca había una pulsera de color negro, idéntica a las que usan en el hospital. El joven médico se desmayó del susto y en su caída agarró fugazmente el brazo que le mostraba la mujer con la que había compartido la charla en el ascensor.
Minutos después encontraron a Thomas aún desfallecido en el suelo del ascensor. Todos atribuyeron su desmayo al cansancio. Pero él sabía que lo que había pasado era real, en su mano tenía una pulsera negra que había arrancado sin querer del brazo de la mujer que había en el ascensor mientras caía desmayado. Al revisar la pulsera pudo comprobar que la mujer había fallecido dos años antes en un accidente de tráfico muy similar al de la chica que quiso salvar.

domingo, 16 de noviembre de 2014

La Maldición de Carmen Winstead


Finalizada la hora del almuerzo escolar, la maestra les comunicó a los alumnos que la junta directiva había planificado un simulacro de incendio en el que todos debían participar.

Poco después sonó la alarma y los alumnos salieron para reunirse en el patio. Era un día caluroso, con el cielo despejado y un sol que hacía arder la piel, llenando las frentes de los estudiantes con pequeñas gotas de sudor.

La maestra comenzó a leer la lista de nombres. Todos alzaban la mano y decían “presente” de formamecánica, consumidos por el aburrimiento. Sin embargo, una chica de un grupo de cinco amigas se fijó en el hecho de que Carmen (una compañera de clase) estaba de pie junto a la alcantarilla, a la que le faltaba la tapa desde hacía semanas, y aún faltaba bastante para que la maestra leyera su nombre. Sus ojos brillaron. Carmen estaba entre las últimas de la larga lista organizada en orden alfabético: ¿qué pasaría cuando la llamen si caía en la alcantarilla? “¡Carmen está en la alcantarilla!”, podrían corear y entonces todos reirían a carcajadas y la pobre Carmen sería el hazme reír. Quién sabe, incluso podrían terminar por bautizarla como “La Chica de la Alcantarilla”. La oportunidad de romper el aburrimiento y hacer historia era perfecta, así que les comunicó discretamente la idea a sus cuatro amigas y todas empezaron a agolparse en torno a Carmen, fingiendo torpeza para empujarla y hacerla caer sin que aquello pareciese premeditado…

Meses después, compañeros de clase de la fallecida Carmen empezaron a recibir correos electrónicos que se titulaban “La empujaron”, afirmaban que la muerte de Carmen no fue accidente, que la habían empujado, y que los culpables debían asumir la responsabilidad del crimen, pues de lo contrario habría terribles consecuencias.  La mayoría pensó que los correos eran una farsa elaborada, pero otros cuantos no estaban tan seguros.
Días después, la chica que ideó el plan para ridiculizar a Carmen escuchó una extraña risa que venía de la regadera, así que terminó rápido su ducha y se fue a dormir más temprano que de costumbre. Cinco horas después su madre se despertó al oír un portazo en la entrada. Su hija no estaba en la casa. Llamó a la Policía, pero no hicieron mucho, pues aun no transcurrían las 48 horas, para declararla desaparecida.
La mañana siguiente mientras el conserje del colegio limpiaba las hojas secas del patio, vio que la nueva tapa que habían colocado en la alcantarilla tras la muerte de Carmen, había sido levantada y en el interior, estaba la chica desaparecida, muerta de igual manera que su compañera.
Al pasar los días, otra de las chicas tubo el mismo destino, entonces, el ayuntamiento mando soldar la tapa, pero hubo una tercera muerte y la alcantarilla estuvo bajo vigilancia las 24 horas del día. Esto no detuvo los extraños sucesos, pues las dos víctimas restantes  murieron de la misma forma, en alcantarillas cercanas a sus domicilios. Así terminaron las cinco chicas, muertas dentro de alcantarillas, con el cuello roto y el rostro desecho.
La leyenda cuenta que el espíritu de Carmen las poseía en el momento del sueño, y las guiaba en estado de sonambulismo para provocarles la misma muerte que a ella le brindaron. Se rumoraba también que otras personas que no tenían nada que ver con los hechos, murieron igual… todo por haber tomado a broma el correo recibido, y no haber creído que ella fue empujada… el castigo recibido, fue una muerte igual de horrenda…